El aire fresco con olor a barrio se metió enseguida dentro mío y de pronto no hubo distancia, no hubo tiempo, no hubo recuerdos, estaba en Buenos Aires como si nunca me hubiese ido.
Pasear por Urquiza fue quizás lo mejor, esas veredas amplias, el empedrado, los árboles, las casas viejas, todo tal y como lo recordaba.
Me sentí otra vez viviendo ahí, me sentí contenta de ir a la panadería y decir "gracias a vos" así tan amable como nos gusta ser, contenta por ver la pasión que caracteriza a la gente de mi tierra.
Aca en España estoy de paso, eso no cambia.
Volví a ver amigos que hacía años no veía, por esas cosas que tiene el Facebook, y vi lindas miradas, historias duras y bonitas, vi un poco través de sus ojos y me sentí muy bien.
También conocí hijos de mis amigos, hijos del amor, mostrándome otra cara de la vida marcada por la ilusión, por el sueño compartido, y fui feliz de sentirlos, de quererlos y dejar que me quieran.
Volví a Mercedes, a la tierra que me vio nacer, y encontré amor en cada esquina, encontré un verde intenso que me subyugó al momento. Vi las caras que acompañaron mi niñez y la colmaron de vida, volví a sentir esa tranquilidad de ciudad pequeña, como si los años no hubiesen pasado, y me sentí absolutamente feliz de estar ahí.
Mercedes tiene el color del río.
Vi a Buenos Aires con otros ojos, vi su inmensidad desde otro lugar y sentí toda su magnitud como nunca antes la había sentido, la caminé con amor y respeto.
¿Cómo puede ser que el simple hecho de estar en una ciudad me ponga tan contenta?
