Reflexión de lunes


Tanta luz no me dejó ver y fui a buscarme a algún lugar y encontré restos de mí esparcidos entre palabras olvidadas, desordenadas, que hablaban de mis sueños, de mis deseos, de mis miedos, de mis anhelos. Vi el sentido de lo que decía hace más de veinte años reflejado en mi mirada y me sentí coherente con quien fui. Pude leerme y sentirme y me dí cuenta que el dolor que estuvo presente en mi pasado es hoy la reflexión que libera mi futuro.

Tanta luz me encegueció pero por suerte llegó la sombra que alivió mi cuerpo y refrescó mi alma.

Vivimos en un sistema mal parido


La justicia, el mercado y la política actual han sido engendrados como medios para asegurar e incrementar la riqueza de unos pocos. Fomentar la ignorancia, el mal comer, el consumo compulsivo, el individualismo, el odio y algunas cosas más, son las herramientas más eficaces que pueda haber para lograr que la sociedad continúe día a día dándole más y más poder a los dueños del mundo.
Pensar es una excelente arma para intentar luchar contra esto, pensar como se debe: INDEPENDIENTEMENTE, para eso debemos tratar de alejarnos de los medios y las ideas prefijadas que nos quieren imponer, debemos ser capaces de cuestionar hasta la verdad más absoluta y buscar los datos de la realidad nosotros mismos.
No es fácil, pero no hay que olvidar que EL INTENTO DE HOY ES EL LOGRO DE MAÑANA

La Luz Fuerte



Era la primera vez, su casa, los dos juntos dueños de ese pequeño imperio. Tenían preparada la mesa de navidad: el  mantel de tela roja, el camino de mesa blanco por encima, la vajilla de plata y las velas en los dos candelabros.
Todo este preparativo no era tan usual para ellos ya que, a decir verdad, no eran católicos, pero indudablemente el valor familiar de estas fiestas era suficiente como para darle toda esa importancia.
Faltaba una hora para que llegasen los invitados, era el momento propicio para tomarse esa botella de tinto gran reserva, juntos y felices. Después de tanta lucha por fin llegaba el momento de la calma. Ella estaba a punto de pedirle la copa de cristal cuando la vio por primera vez, estaba justo en la pared que da al balcón, a unos centímetros del marco de la ventana: gris como el mar al amanecer, polvorienta como un viejo sótano lleno de jaulas, herramientas sin usar y olor a humedad.
La polilla en su añejada quietud medita, observando ese trozo de pared blanco, cual salina que la hipnotiza y la absorbe en ese universo de imágenes blancas fusionadas entre sí, mientras lucha contra el desenfrenado deseo de volar hacia la luz fuerte. Ya lo sabe, es un engaño, no es verdadero placer lo que encontrará en ella. En cuanto uno se acerca a la luz se le empieza a quemar todo el cuerpo a la vez que se va convenciendo de que el alivio lo va a encontrar aun más cerca, y lo busca frenéticamente hasta quemarse del todo. Lo sabía, había visto a muchos familiares y amigos morir de esa manera “no, no puedo” se decía una y otra vez.
A Lidia empezaba a incomodarle la presencia de la polilla, ahí tan quieta y amenazante “En cuanto lleguen los invitados va a empezar a revolotear, estoy segura, va a ser un desastre, ¡La tía Olga! Es una histérica, una loca, ve un bicho y se pone idiota, y encima ahí, ya lo se, el tío José que es un bobalicón se va a empezar a poner nervioso y no va a parar, le va a venir esa vergüenza ajena que lo llena de espantosos tics y ataques de paranoia. No ¡Por Dios! ¡Cómo me puede estar pasando esto! Pensaba Lidia mientras comenzaba a dejarse llevar por la misma sensación que sentía de pequeña cada vez que tenía que  realizar un trabajo para la escuela y nunca le quedaba lo suficientemente prolijo como para que la madre la aprobara -¡Que has hecho! ¡Siempre igual! No


entiendo como eres mi hija, yo jamás hubiese dejado una cosa tan desprolija, es tu alma que está extraviada, eres torpe por karma – En esos momentos, Lidia de niña, se iba a su habitación, se encerraba y se tapaba la cara con la almohada, quería esconderse del mundo, de sí misma. No había forma de que pudiera encontrar alivio, quería desaparecer y volver a aparecer siendo otra, siendo igual a su madre, y así volver a vivir. Pero esto nunca ocurría, después de varias horas de ocultarse tras esa tela húmeda de saladas lágrimas y fluidos que salía desde su mismísima alma, simplemente se dormía.
De pronto, sin titubear, se lanzó contra la pared estirando los brazos con las palmas bien abiertas. Nada, sólo un ligero polvo en su mano que desapareció con un suave soplido.
La polilla, violentamente interrumpida en su meditación, voló indignada hacia la pared de enfrente, cerca de la puerta de entrada. Durante este vuelo pasó a tan sólo unos centímetros de la luz fuerte, ya una vez apoyada en la pared suspiró de alivio “Pasé tan cerca, la vi tan blanca y poderosa ¿Por qué me pasará esto a mi? Si yo ya lo sé, no se van a aliviar mis males, no va a hacerme más feliz” pensaba.
Lidia giró la cabeza buscando
-¿Qué pasa? – preguntó Oscar al ver el repentino y torpe vuelo de la polilla seguido por la furiosa mirada de Lidia
-¿Qué pasa? – la insistencia de Oscar sacó a Lidia de su concentrada búsqueda y, en ese momento, ella descargó un sin fin de explicaciones, de fantasías sobre el supuesto desastre que podría suceder
- La tía Olga, el tío José, la abuela Renata que se desmaya con los gritos, mamá paranoica con el que dirán de todo el mundo. Oscar esto es un desastre, no puede estar pasándonos a nosotros, yo sabía, no nos podía estar yendo tan bien, algo tenía que arruinarlo todo como siempre. Si es así, es el destino de ser seres desgraciados, porque eso es lo que somos Oscar, desgraciados. ¿De qué vale tanta mesa de navidad, tanta comida preparada? Te das cuenta, viene una polilla y lo arruina todo, ¿Por qué? Porque somos nosotros, los que nunca podremos ser felices. Si lo tenemos escrito en nuestra frente “desgraciados” “infelices”. No sé como vamos a hacer para salir de esto, Esa polilla nos va a arruinar todo, está claro, tanto tiempo trabajando para tener nuestra casa, comprar esta mesa enorme. ¿Cómo no me di cuenta antes de que todo esto era una locura? Si yo ya lo sabía, mi mamá me lo dijo “Lidia no hagas disparates, lo hacemos en casa de la abuela que no tiene problema, ya sabes como son todos, si las cosas no salen bien van a estar todo el año hablando de eso. Lidia piénsalo bien, no quieras hacer las cosas apresuradamente, fíjate que somos muchos y no podemos quedar mal”. Que idiota, cómo no me di cuenta que tenía razón, si siempre la tiene con todo, ella ya sabe que es así, supongo que porque es mi madre, sabe que estamos destinados al desastre. Hay que matarla rápido y ya está ¿Habrá otra? No, seguro que es la única. Sí Oscar, la matamos rápido y listo, tenemos una fiesta como corresponde y que vean que somos capaces de ser unos excelentes anfitriones. -
Pero no eran estas explicaciones lo que iba convenciendo a Oscar, sino esa mirada que jamás había visto en Lidia, sus ojos parecían enormes y desorbitados a la vez que cargados de una esencia felina inevitablemente atractiva y avasalladora.
Lidia miró para un lado, miró para otro, su silencio se imponía en toda la enorme habitación. Giró sus ojos a la derecha, y ahí la vio, junto a una de las trabas de la puerta, un poco camuflada con el marrón del marco. En ese momento cogió una revista del sofá y muy sigilosamente se fue acercando, tratando de concentrar toda su energía en su brazo derecho. Oscar cogió un almohadón y fue por el costado izquierdo de Lidia. Ya casi estaban a unos centímetros cuando Oscar tiró el almohadón y automáticamente la polilla salió volando, primero hacia el suelo y luego hacia la biblioteca hasta posarse justo encima del lomo de una edición especial con las obras completas de Fernando Pessoa, su última adquisición.
La polilla estaba inmóvil y, al verla, Lidia cogió el almohadón que había tirado Oscar y se acercó muy rápidamente empujándolo contra el libro, pero al momento de quitarlo perdió el equilibrio y, apoyando todo su peso sobre el brazo que sujetaba el almohadón, tiró el libro hacia el costado golpeando y dejando caer así el cenicero que había tallado el difunto abuelo de Oscar. Los dos se quedaron impávidos ante tal espectáculo, viendo esos pedazos de historias, de adorada historia, desparramados sobre el suelo.
- ¡Por Dios Oscar! Perdóname por favor, es esa maldita polilla, alguien la habrá enviado, alguien que me odia, no puede ser, es una tortura, Se está riendo de nosotros, me doy cuenta, lo siento, se ríe con una desquiciante soberbia. Ahí toda gris y polvorienta ¡Es un bicho del demonio!.-
- Maldita perra, polilla mal nacida, idiota y atrasada forma de vida – decía Oscar mientras buscaba algo con su mirada, y lo primero que vio fue una bandeja de plata, entonces no dudó ni un instante y la cogió.
Cuando encontró a la polilla ésta estaba posada sobre el sofá. Oscar soltó un sonido que le salía desde le mismo fondo de las entrañas, corrió hacia ella y golpeó con la bandeja. Una vez más la polilla se escapaba, pero esta vez para posarse justo en el medio de la mesa.
Oscar se quedó quieto “es la mesa”pensó, pero no tuvo tiempo de pensar más porque Lidia corrió hacia la mesa, cogió el candelabro y golpeó fuertemente logrando únicamente romper el centro de mesa con las flores secas y algunas salseras de porcelana. Pero la polilla volvía a escaparse, esta vez hacia una de las copas de cristal. Sin dudarlo Lidia la golpeó nuevamente con el enorme candelabro desparramando trozos de cristal por todo el mantel. Pero no, la polilla se escapaba una vez más y esta vez en medio del vuelo se encontró con el cuchillo que Oscar sacudía por el aire con la ilusa idea de partir al medio a ese organismo inoportuno.
Por supuesto que la polilla seguía preocupada por la luz fuerte, ignorando absolutamente toda la furia que estaba generando. La luz cada vez le resultaba más atractiva “no, no, no” se repetía, y pensó:
- Ese calorcito engaña, no puede ser, tengo que ser fuerte. Pero ¿Para qué? Y si es el fin que más da, de alguna u otra manera el fin va a llegar, si es ésta la forma estaría cargada hasta el último momento de una ilusión esperanzadora que me haría feliz, buscando más y más ese calorcito placentero. ¿Es tan terrible? Tal vez sea la mejor manera de morir, total ¿Vivir para qué? Rodeada de una rutinaria mediocridad que me golpea todos los días, volando de acá para allá, buscando alimentos sin más, sin encontrar placer espiritual en nada. Sólo sobrevivir, así empiezo el día, así lo continúo y así lo termino ¿Para qué? Soledad, pura y angustiante soledad.
Muchas veces pienso que es el destino de las polillas, para eso nacemos, para morir inmersas en ese luminoso bombardeo de emociones placenteras y dolorosas a la vez. ¿Habrá otro destino para nosotras que no sea volar torpemente buscando comida, chocar otra vez con la misma pared, y morir abrumada por el resplandor de esa fogosa arma mortal? Tal vez no, tal vez no hago más que luchar contra mi propio destino, tal vez me esté creyendo algo que no soy al intentar tener una vida espiritual. Quizás así de pobre sea mi paso por esta mi vida…-
En ese momento Lidia cogió otro cuchillo y comenzó a perseguirla, por un lado Lidia, por el otro Oscar. La polilla volvió a la mesa, desde ahí veía mejor el reflejo de la luz, Lidia sin pensarlo saltó bruscamente por encima de una de las sillas hundiendo el cuchillo en la sólida madera. La polilla voló rápidamente hacia una de las cabeceras, quedando Lidia agarrada del mango del cuchillo hundido en la mesa.
La furia en sus ojos la sacaba de su ser, de su femenino cuerpo, no era ella, era sólo lo que sentía en ese momento: Odio. Esta en juego mucho de su vida en esta cena, no podía dejar que todo se fuera por la borda, no. Sus ojos se cargaron de un brillo engañoso, tenía un gesto en su rostro que no era el que solía tener. Odio, sólo odio en su alma, en su cuerpo, por sus venas, en sus entrañas: Odio, odio y más odio.
La polilla, intentando por todos los medios volver a su necesitada quietud, se decía:
- Cierro los ojos y la veo, brillante como el corazón de las más hermosa de todas las rosas, tibia como la caricia de una mañana de verano junto al río. La veo, le grito pidiéndole que me deje, que no me atraiga a su engañoso paraíso. Lloro, lo sé, me rindo.
Es tan poderosa, es tan atractiva. Miles de vidas se fueron con ella, muchos de mis antepasados sucumbieron ante su poder, ¡y qué más da! No soy nada, vuelo de aquí para allá totalmente automatizada, tan solo buscando comida y descanso cuando lo necesito. No vivo ninguna emoción, lo más cercano de la pasión que conozco es esto. Cada vez que paso ante ella me doy cuenta que estoy viva, sólo en esos momentos en los que veo el peligro ante mí puedo sentir todo mi ser, sentirme íntegra. Sólo cuando veo tan cerca la posibilidad de morir me doy cuenta que existo ¿Suena patético? Puede ser, tal vez no sea más que un ser patético que no sabe vivir, pero no soy el único, seguro que no ¿esto me consuela? No lo sé.-
Oscar fue justo por detrás de Lidia, saltó por encima de ella con el cuchillo en la mano cayendo de panza sobre el medio de la mesa. En ese mismo instante la polilla voló a la vez que la mesa se partía al medio haciendo que Lidia caiga de cabeza al suelo y que Oscar caiga justo encima de ella, dejándola con su cuello totalmente torcido y aplastado por ambos cuerpos. Oscar, sin percatarse de esto, se levantó enfurecido y corrió hacia el armario en busca de la pistola, la cargó, la agarró con sus dos manos y miró.
Sus ojos  recorrían la habitación de un lado a otro, sus pupilas oscuras ya parecían estar latiendo de odio, la comisura de sus labios dejaba escapar un leve hilo de saliva que le daba un aspecto grotesco y salvaje, de locura a punto de estallar. En ese momento no pensaba más que en la polilla, en sus asquerosas alas, en su insignificante pero horroroso cuerpo. Pensaba en la muerte, la muerto de todo lo que significó la polilla para él.
Seguía mirando para todos los lados sin siquiera detenerse en el cuerpo inerte de Lidia. Vio a la polilla, estaba posada sobre el espejo de la pared, se acercó sigilosamente hasta quedarse de frente, miró su reflejo detrás del de la polilla y sonrió.

La policía llegó advertida por los vecinos que habían oído ruidos, gritos y disparos, Tiraron la puerta abajo y se encontraron con el cuerpo de una mujer entre trozos de madera, plata, cristal y porcelana, con el cuello roto. Junto a una de las paredes vieron el cuerpo de un hombre con una pistola en una mano y la cara totalmente destrozada.

Mientras los forenses hacían su trabajo, una polilla caía muerta dentro de una de las lámparas del salón.

..

Puedo enternecer al árbol con mis penas, puedo dejarle mi alma rota sobre sus raíces, pero él, aunque tan sabio y tan viejo, no puede abrazarme.

Me da igual, yo lo quiero.

Desvelo


Suelto la gran carcajada
y el pensamiento surca por los olvidados recuerdos.

Vuelvo ahí, donde soy tan sólo yo
y siento un gran alivio de encontrarme.

A veces creo que soy parte del viento
y me elevo sobre los áridos horizontes
viendo el mundo desde la calma.

Pero al verme reflejada en el oasis del sueño
me doy cuenta que no soy viento,
que el vértigo no tiene sentido en el suelo
y que la sombra del desvelo matinal 
ya acarició mi alma.

Auto análisis de lunes

¿Será tal vez por las dificultades que me tocaron atravesar cuando era niña que fue tan pronto mi encuentro con la tragedia de Shekspeare? Tal vez así me sumergía profundamente en el drama de una vida ajena que superaba al mío desde cualquier punto de vista y ya no había nada más tremendamente doloroso que lo que en esas páginas, en esos monólogos desangrantes, leía.
Mi psicología simple me hace fácil la tarea de conocerme.