Era la primera vez, su casa, los dos juntos dueños de ese pequeño
imperio. Tenían preparada la mesa de navidad: el mantel de tela roja, el camino de mesa blanco
por encima, la vajilla de plata y las velas en los dos candelabros.
Todo este preparativo no era tan usual para ellos ya que, a decir verdad,
no eran católicos, pero indudablemente el valor familiar de estas fiestas era
suficiente como para darle toda esa importancia.
Faltaba una hora para que llegasen los invitados, era el momento propicio
para tomarse esa botella de tinto gran reserva, juntos y felices. Después de
tanta lucha por fin llegaba el momento de la calma. Ella estaba a punto de
pedirle la copa de cristal cuando la vio por primera vez, estaba justo en la
pared que da al balcón, a unos centímetros del marco de la ventana: gris como
el mar al amanecer, polvorienta como un viejo sótano lleno de jaulas,
herramientas sin usar y olor a humedad.
La polilla en su añejada quietud medita, observando ese trozo de pared
blanco, cual salina que la hipnotiza y la absorbe en ese universo de imágenes blancas
fusionadas entre sí, mientras lucha contra el desenfrenado deseo de volar hacia
la luz fuerte. Ya lo sabe, es un engaño, no es verdadero placer lo que encontrará
en ella. En cuanto uno se acerca a la luz se le empieza a quemar todo el cuerpo
a la vez que se va convenciendo de que el alivio lo va a encontrar aun más
cerca, y lo busca frenéticamente hasta quemarse del todo. Lo sabía, había visto
a muchos familiares y amigos morir de esa manera “no, no puedo” se decía una y
otra vez.
A Lidia empezaba a incomodarle la presencia de la polilla, ahí tan quieta
y amenazante “En cuanto lleguen los invitados va a empezar a revolotear, estoy
segura, va a ser un desastre, ¡La tía Olga! Es una histérica, una loca, ve un
bicho y se pone idiota, y encima ahí, ya lo se, el tío José que es un bobalicón
se va a empezar a poner nervioso y no va a parar, le va a venir esa vergüenza
ajena que lo llena de espantosos tics y ataques de paranoia. No ¡Por Dios! ¡Cómo
me puede estar pasando esto! Pensaba Lidia mientras comenzaba a dejarse llevar
por la misma sensación que sentía de pequeña cada vez que tenía que realizar un trabajo para la escuela y nunca
le quedaba lo suficientemente prolijo como para que la madre la aprobara -¡Que
has hecho! ¡Siempre igual! No
entiendo como
eres mi hija, yo jamás hubiese dejado una cosa tan desprolija, es tu alma que
está extraviada, eres torpe por karma – En esos momentos, Lidia de niña, se iba
a su habitación, se encerraba y se tapaba la cara con la almohada, quería
esconderse del mundo, de sí misma. No había forma de que pudiera encontrar
alivio, quería desaparecer y volver a aparecer siendo otra, siendo igual a su
madre, y así volver a vivir. Pero esto nunca ocurría, después de varias horas
de ocultarse tras esa tela húmeda de saladas lágrimas y fluidos que salía desde
su mismísima alma, simplemente se dormía.
De pronto, sin titubear, se lanzó contra la pared estirando los brazos
con las palmas bien abiertas. Nada, sólo un ligero polvo en su mano que desapareció
con un suave soplido.
La polilla, violentamente interrumpida en su meditación, voló indignada
hacia la pared de enfrente, cerca de la puerta de entrada. Durante este vuelo
pasó a tan sólo unos centímetros de la luz fuerte, ya una vez apoyada en la
pared suspiró de alivio “Pasé tan cerca, la vi tan blanca y poderosa ¿Por qué
me pasará esto a mi? Si yo ya lo sé, no se van a aliviar mis males, no va a
hacerme más feliz” pensaba.
Lidia giró la
cabeza buscando
-¿Qué pasa? –
preguntó Oscar al ver el repentino y torpe vuelo de la polilla seguido por la
furiosa mirada de Lidia
-¿Qué pasa? – la
insistencia de Oscar sacó a Lidia de su concentrada búsqueda y, en ese momento,
ella descargó un sin fin de explicaciones, de fantasías sobre el supuesto desastre
que podría suceder
- La tía Olga,
el tío José, la abuela Renata que se desmaya con los gritos, mamá paranoica con
el que dirán de todo el mundo. Oscar esto es un desastre, no puede estar
pasándonos a nosotros, yo sabía, no nos podía estar yendo tan bien, algo tenía
que arruinarlo todo como siempre. Si es así, es el destino de ser seres
desgraciados, porque eso es lo que somos Oscar, desgraciados. ¿De qué vale
tanta mesa de navidad, tanta comida preparada? Te das cuenta, viene una polilla
y lo arruina todo, ¿Por qué? Porque somos nosotros, los que nunca podremos ser felices.
Si lo tenemos escrito en nuestra frente “desgraciados” “infelices”. No sé como
vamos a hacer para salir de esto, Esa polilla nos va a arruinar todo, está
claro, tanto tiempo trabajando para tener nuestra casa, comprar esta mesa
enorme. ¿Cómo no me di cuenta antes de que todo esto era una locura? Si yo ya
lo sabía, mi mamá me lo dijo “Lidia no hagas disparates, lo hacemos en casa de
la abuela que no tiene problema, ya sabes como son todos, si las cosas no salen
bien van a estar todo el año hablando de eso. Lidia piénsalo bien, no quieras
hacer las cosas apresuradamente, fíjate que somos muchos y no podemos quedar
mal”. Que idiota, cómo no me di cuenta que tenía razón, si siempre la tiene con
todo, ella ya sabe que es así, supongo que porque es mi madre, sabe que estamos
destinados al desastre. Hay que matarla rápido y ya está ¿Habrá otra? No,
seguro que es la única. Sí Oscar, la matamos rápido y listo, tenemos una fiesta
como corresponde y que vean que somos capaces de ser unos excelentes anfitriones.
-
Pero no eran
estas explicaciones lo que iba convenciendo a Oscar, sino esa mirada que jamás
había visto en Lidia, sus ojos parecían enormes y desorbitados a la vez que
cargados de una esencia felina inevitablemente atractiva y avasalladora.
Lidia miró para un lado, miró para otro, su silencio se imponía en toda
la enorme habitación. Giró sus ojos a la derecha, y ahí la vio, junto a una de
las trabas de la puerta, un poco camuflada con el marrón del marco. En ese
momento cogió una revista del sofá y muy sigilosamente se fue acercando,
tratando de concentrar toda su energía en su brazo derecho. Oscar cogió un
almohadón y fue por el costado izquierdo de Lidia. Ya casi estaban a unos
centímetros cuando Oscar tiró el almohadón y automáticamente la polilla salió
volando, primero hacia el suelo y luego hacia la biblioteca hasta posarse justo
encima del lomo de una edición especial con las obras completas de Fernando
Pessoa, su última adquisición.
La polilla estaba inmóvil y, al verla, Lidia cogió el almohadón que había
tirado Oscar y se acercó muy rápidamente empujándolo contra el libro, pero al
momento de quitarlo perdió el equilibrio y, apoyando todo su peso sobre el
brazo que sujetaba el almohadón, tiró el libro hacia el costado golpeando y
dejando caer así el cenicero que había tallado el difunto abuelo de Oscar. Los
dos se quedaron impávidos ante tal espectáculo, viendo esos pedazos de
historias, de adorada historia, desparramados sobre el suelo.
- ¡Por Dios Oscar!
Perdóname por favor, es esa maldita polilla, alguien la habrá enviado, alguien
que me odia, no puede ser, es una tortura, Se está riendo de nosotros, me doy
cuenta, lo siento, se ríe con una desquiciante soberbia. Ahí toda gris y
polvorienta ¡Es un bicho del demonio!.-
- Maldita perra,
polilla mal nacida, idiota y atrasada forma de vida – decía Oscar mientras
buscaba algo con su mirada, y lo primero que vio fue una bandeja de plata,
entonces no dudó ni un instante y la cogió.
Cuando encontró a la polilla ésta estaba posada sobre el sofá. Oscar
soltó un sonido que le salía desde le mismo fondo de las entrañas, corrió hacia
ella y golpeó con la bandeja. Una vez más la polilla se escapaba, pero esta vez
para posarse justo en el medio de la mesa.
Oscar se quedó quieto “es la mesa”pensó, pero no tuvo tiempo de pensar
más porque Lidia corrió hacia la mesa, cogió el candelabro y golpeó fuertemente
logrando únicamente romper el centro de mesa con las flores secas y algunas
salseras de porcelana. Pero la polilla volvía a escaparse, esta vez hacia una
de las copas de cristal. Sin dudarlo Lidia la golpeó nuevamente con el enorme
candelabro desparramando trozos de cristal por todo el mantel. Pero no, la
polilla se escapaba una vez más y esta vez en medio del vuelo se encontró con
el cuchillo que Oscar sacudía por el aire con la ilusa idea de partir al medio
a ese organismo inoportuno.
Por supuesto que la polilla seguía preocupada por la luz fuerte,
ignorando absolutamente toda la furia que estaba generando. La luz cada vez le
resultaba más atractiva “no, no, no” se repetía, y pensó:
- Ese calorcito
engaña, no puede ser, tengo que ser fuerte. Pero ¿Para qué? Y si es el fin que
más da, de alguna u otra manera el fin va a llegar, si es ésta la forma estaría
cargada hasta el último momento de una ilusión esperanzadora que me haría
feliz, buscando más y más ese calorcito placentero. ¿Es tan terrible? Tal vez
sea la mejor manera de morir, total ¿Vivir para qué? Rodeada de una rutinaria
mediocridad que me golpea todos los días, volando de acá para allá, buscando
alimentos sin más, sin encontrar placer espiritual en nada. Sólo sobrevivir,
así empiezo el día, así lo continúo y así lo termino ¿Para qué? Soledad, pura y
angustiante soledad.
Muchas veces
pienso que es el destino de las polillas, para eso nacemos, para morir inmersas
en ese luminoso bombardeo de emociones placenteras y dolorosas a la vez. ¿Habrá
otro destino para nosotras que no sea volar torpemente buscando comida, chocar
otra vez con la misma pared, y morir abrumada por el resplandor de esa fogosa
arma mortal? Tal vez no, tal vez no hago más que luchar contra mi propio
destino, tal vez me esté creyendo algo que no soy al intentar tener una vida
espiritual. Quizás así de pobre sea mi paso por esta mi vida…-
En ese momento Lidia cogió otro cuchillo y comenzó a perseguirla, por un
lado Lidia, por el otro Oscar. La polilla volvió a la mesa, desde ahí veía
mejor el reflejo de la luz, Lidia sin pensarlo saltó bruscamente por encima de
una de las sillas hundiendo el cuchillo en la sólida madera. La polilla voló
rápidamente hacia una de las cabeceras, quedando Lidia agarrada del mango del
cuchillo hundido en la mesa.
La furia en sus ojos la sacaba de su ser, de su femenino cuerpo, no era
ella, era sólo lo que sentía en ese momento: Odio. Esta en juego mucho de su
vida en esta cena, no podía dejar que todo se fuera por la borda, no. Sus ojos
se cargaron de un brillo engañoso, tenía un gesto en su rostro que no era el
que solía tener. Odio, sólo odio en su alma, en su cuerpo, por sus venas, en
sus entrañas: Odio, odio y más odio.
La polilla, intentando por todos los medios volver a su necesitada
quietud, se decía:
- Cierro los
ojos y la veo, brillante como el corazón de las más hermosa de todas las rosas,
tibia como la caricia de una mañana de verano junto al río. La veo, le grito pidiéndole
que me deje, que no me atraiga a su engañoso paraíso. Lloro, lo sé, me rindo.
Es tan poderosa,
es tan atractiva. Miles de vidas se fueron con ella, muchos de mis antepasados
sucumbieron ante su poder, ¡y qué más da! No soy nada, vuelo de aquí para allá
totalmente automatizada, tan solo buscando comida y descanso cuando lo
necesito. No vivo ninguna emoción, lo más cercano de la pasión que conozco es esto.
Cada vez que paso ante ella me doy cuenta que estoy viva, sólo en esos momentos
en los que veo el peligro ante mí puedo sentir todo mi ser, sentirme íntegra.
Sólo cuando veo tan cerca la posibilidad de morir me doy cuenta que existo
¿Suena patético? Puede ser, tal vez no sea más que un ser patético que no sabe
vivir, pero no soy el único, seguro que no ¿esto me consuela? No lo sé.-
Oscar fue justo por detrás de Lidia, saltó por encima de ella con el
cuchillo en la mano cayendo de panza sobre el medio de la mesa. En ese mismo
instante la polilla voló a la vez que la mesa se partía al medio haciendo que
Lidia caiga de cabeza al suelo y que Oscar caiga justo encima de ella,
dejándola con su cuello totalmente torcido y aplastado por ambos cuerpos.
Oscar, sin percatarse de esto, se levantó enfurecido y corrió hacia el armario
en busca de la pistola, la cargó, la agarró con sus dos manos y miró.
Sus ojos recorrían la habitación
de un lado a otro, sus pupilas oscuras ya parecían estar latiendo de odio, la
comisura de sus labios dejaba escapar un leve hilo de saliva que le daba un
aspecto grotesco y salvaje, de locura a punto de estallar. En ese momento no
pensaba más que en la polilla, en sus asquerosas alas, en su insignificante
pero horroroso cuerpo. Pensaba en la muerte, la muerto de todo lo que significó
la polilla para él.
Seguía mirando para todos los lados sin siquiera detenerse en el cuerpo
inerte de Lidia. Vio a la polilla, estaba posada sobre el espejo de la pared,
se acercó sigilosamente hasta quedarse de frente, miró su reflejo detrás del de
la polilla y sonrió.
La policía llegó advertida por los vecinos que habían oído ruidos, gritos
y disparos, Tiraron la puerta abajo y se encontraron con el cuerpo de una mujer
entre trozos de madera, plata, cristal y porcelana, con el cuello roto. Junto a
una de las paredes vieron el cuerpo de un hombre con una pistola en una mano y
la cara totalmente destrozada.
Mientras los forenses hacían su trabajo, una polilla caía muerta dentro
de una de las lámparas del salón.