Fui a buscar las galletitas de canela que
acababa de hacer, las saqué y sentí su delicioso perfume. Preparé el mate a ver
si con su amarga personalidad sobre la dulce galleta me provocaba ese festín
de sabores y sensaciones que ya otras veces había experimentado. El regocijo
fue tan grande y el momento tan simple que todo tomó una gran magnitud en pocos
segundos.
Recordé inmediatamente que cuando era pequeña
jugaba con unas galletitas de agua que mojaba en el té y me las iba comiendo en
medio de un riesgo constante de que se desprendiera algún trozo ya blando por
el líquido pardo y humeante. Conseguir esa consistencia justa era el objetivo a
alcanzar para otra vez arremeter con lo mismo. No era todos los días, la cosa
de tomar del té era de mi vecina, lo que incrementaba aún más mi placer.
Por alguna razón estos recuerdos me vienen a
mi mente cuando siento esta especie de satisfacción tan plena, donde ya no
podría pedir más. En el fondo supongo que se tratará de eso: un plato de comida
cuando el estómago está vacío adquiere la dimensión de máxima plenitud, no hay
nada más allá de eso en ese momento. ¿Puede acaso una sensación ser más
concreta?
Una vez de vuelta a mi presente, luego de este
viaje en el tiempo, y a medida que las galletitas se enfriaban y el mate tomaba
su puntito ideal, caía en la cuenta de que tamaña generalización no podía ser
concebida de esa manera, así tan rápidamente ¿hay acaso diferentes niveles de
plenitud en cada uno de nosotros? ¿No es el placer más básico, como por ejemplo
el que se siente al comer una dulce fruta fresca chorreándonos con su jugo, la
simple sensación de vivir? ¿O es acaso esta simple sensación de vivir la pura
felicidad?
No había duda de que estaba metida en un
debate interno y que iba a necesitar otro termo de agua para llegar a buen
puerto.
Aunque en definitiva se trata de sentir la felicidad antes que razonarla, por lo que nada de esto tiene sentido.
Aunque en definitiva se trata de sentir la felicidad antes que razonarla, por lo que nada de esto tiene sentido.